Meditar en el mercado

La verdadera práctica gestáltica ocurre en el “mercado” de la vida cotidiana: en el ruido de las relaciones, donde se activa nuestra reactividad. Meditar en el mercado es traer conciencia al instante incómodo: respirar, notar el cuerpo, observar sin juicio y reconocer la emoción y la fantasía que emergen. Ahí se entrena el músculo del darse cuenta, donde la presencia se vuelve gesto. No hace falta un retiro lejano: basta con practicar en el coche, en casa, en la pareja, en lo cotidiano. Estar presentes en lo difícil es la forma más profunda de meditación.

Carmen Benítez Méndez. Psicóloga/Psicoterapeuta. M-18932. (26 noviembre 2025)

Conciencia, presencia y responsabilidad son tres de los pilares que sostienen la Terapia Gestalt.
Y, dentro de ellos, el darse cuenta es el primero que cultivamos en la formación: ampliar la capacidad de reconocer nuestro mundo interno, el externo y esa zona intermedia donde habitan la imaginación, las anticipaciones y las fantasías que colorean nuestra experiencia. El continuum de conciencia es, en sí mismo, un ejercicio meditativo. Algunas tradiciones místicas podrían llamarlo meditar en el mercado: colocarnos delante de aquello que nos hace ruido, nos saca del centro y nos desestabiliza… y activar nuestra capacidad de autorregulación.

Meditar en el mercado porque no vivimos en un monasterio zen en mitad del bosque; vivimos en ciudades, inmersos en una cultura saturada de estímulos, ritmos frenéticos y vínculos que activan todas las capas de nuestro sistema nervioso.


A menudo vivimos anestesiados —o anestesiándonos—, hiperalertas, hiperactivos, cansados o inflamados por la dificultad de estar presentes con lo que duele. Habitamos una cultura algofóbica, como señala el filósofo surcoreano Byung-Chul Han: hacemos todo lo posible para huir, tapar o neutralizar el dolor, sin darnos cuenta del enorme gasto energético que este intento supone para el cuerpo.

Y entonces, ¿cuál es ese mercado?
Eso que mas nos importa y más nos mueve: nuestras relaciones, ese lugar donde más se pone a prueba nuestra capacidad de permanecer presentes. Para unas personas será la crianza; para otras, la relación con los padres; para otras, la pareja, el jefe, la familia, la amistad. Las relaciones son ese paraíso soñado y el bullicio que nos descentra… y es precisamente ahí donde debería estar la verdadera práctica meditativa.

Porque es en medio del barullo de la vida cotidiana —donde nuestro organismo reacciona antes incluso de que podamos darnos cuenta— cuando salta el piloto automático de la reactividad.

Meditar en el mercado es traer a ese instante ruidoso todo lo que sabemos:
la respiración, el observar sin juicio, el notar el cuerpo, registrar qué emoción aparece y qué fantasía la acompaña.
Es evitar que alguno de nuestros sentidos quede secuestrado por una emoción intensa: miedo, abandono, rechazo… viejas heridas que se iluminan en el presente e impiden que vivamos despiertos.

Hazlo en el coche, cuando el de atrás te pita y notas cómo el pecho se tensa.
Hazlo con tu hijo, cuando no te obedece y algo dentro se acelera.
Hazlo con tu pareja, cuando no la entiendes y te descubres defendiendo tu territorio interno.

Ahí es donde se entrena de verdad el músculo del darse cuenta.
Ahí es donde la presencia se vuelve carne y no concepto.
Ahí es donde la responsabilidad —la de responder, no solo reaccionar— se vuelve gesto concreto.

No esperes al retiro en Bali ni al fin de semana en la sierra, que por supuesto también nutren. Practica aquí, en tu mercado cotidiano. Observa qué puesto se abre hoy para ti: ¿el de la impaciencia?, ¿el del miedo?, ¿el del deseo de control?, ¿el de la ternura que no te atreves a mostrar?

Acércate, respira, mira lo que sucede, sostén.
Estás practicando.
Estás entrenando tu presencia.
Estás meditando en medio del mercado: justo donde la vida ocurre