Autora: Carmen Benítez Méndez. Psicoterapeuta infanto/juvenil y de adultos. M-18932.
La pareja es una aspiración universal, casi un “club exclusivo” al que la mayoría desea pertenecer. Una querida profesora, Norma Mollot, psicoterapeuta sistémica, solía hablar de la “casita pareja”. Una metáfora hermosa para describir el grupo de pertenencia más pequeño que existe, un lugar íntimo y público que simboliza seguridad, reconocimiento y pertenencia.
Sin embargo, vivimos en un “tiempo líquido” (Z. Bauman) en el que las relaciones se rompen con facilidad. La pareja, cargada de expectativas desmedidas, difícilmente puede responder a todas ellas.
Somos relación
Los seres humanos somos relación desde el origen. Somos la cría mamífera que más tiempo depende de sus cuidadores, y en los tres primeros años desplegamos un idioma fundamental: el apego.
Este lenguaje, que puede ser seguro o inseguro, marca la manera en que nos vinculamos y se desplegará también en nuestras relaciones de pareja.
Boris Cyrulnik recordaba un hecho impactante: cuando un bebé está aislado afectivamente en los primeros meses de vida, puede sufrir una atrofia de los lóbulos prefrontales. Esto se comprobó en Rumanía, con los niños abandonados en orfanatos durante la dictadura de Ceaușescu. Privados de afecto, muchos de ellos llegaron a agredirse a sí mismos. El vínculo afectivo es, literalmente, cuestión de vida o muerte.
Pertenecer y trascender
Toda pertenencia necesita de una trascendencia: un mito compartido en el que los miembros se inscriben, un más allá que trasciende el presente inmediato.
En la pertenencia surge un reconocimiento inmediato y, al mismo tiempo, la ilusión de permanencia.
La pareja, como el grupo de pertenencia más pequeño que existe, necesita también un mito para sostenerse. Un relato que alimente la idea de continuidad y que pueda inscribirse en un “para siempre”.