Cuidando a los padres y madres.

Si queremos cuidar a la infancia, debemos atesorar a sus padres: una mirada desde el apego y la psicoterapia infantil. Ser padre o madre es uno de los roles mas juzgados que existen. Vivimos en una enorme paradoja, queremos poner a los niños/as en el centro de nuestras intervenciones, siendo juzgadores y punitivos con sus cuidadores. Este articulo revisa alguna de estas cuestiones.

Si queremos cuidar a la infancia, debemos atesorar a sus padres: una mirada desde el apego y la psicoterapia infantil.

«Si una comunidad valora a sus hijos, debe atesorar a sus padres». John Bowlby (1951)

Carmen Benítez Méndez. Psicóloga General Sanitaria (M-18932). Psicoterapeuta Infanto-juvenil y de adultos. Especialista en trauma y apego.

Resumen / Abstract

La sociedad contemporánea ha situado con acierto las necesidades de la infancia en el centro de las políticas de protección y de los abordajes terapéuticos. Sin embargo, este avance ha generado una paradoja clínica y social: la proliferación de un escrutinio punitivo y un juicio constante sobre la función parental. El presente artículo analiza la importancia de redefinir el paradigma asistencial e interrelacional con las familias, sosteniendo que no es posible avanzar genuinamente en el bienestar de las niñas y niños sin proteger, acoger y atesorar primero a sus madres y padres.

A través de la integración del Modelo Dinámico-Madurativo de Apego y Adaptación (DMM) de Patricia Crittenden y las aportaciones del desarrollo evolutivo de Vygotski, se examina la función adaptativa de las estrategias defensivas parentales y el valor pedagógico del riesgo guiado en la Zona de Desarrollo Próximo de la seguridad. Se propone una «Regla de Oro» para la práctica clínica y social: posicionar al profesional como una figura de apego auxiliar capaz de regular, comprender y mentalizar la historia de los cuidadores, ofreciendo compasión en lugar de condena como única vía efectiva para romper los ciclos invisibles del trauma intergeneracional.

La historia infantil del profesional

Ser padre o madre es el rol más juzgado de la sociedad contemporánea. Desde el instante en que nace un hijo, los cuidadores se ven inmersos en un escenario saturado de opiniones externas donde el entorno social, la familia extensa y una avalancha de manuales de crianza o recomendaciones digitales emiten dictámenes contradictorios sobre «cómo hacer lo correcto». Esta mirada, guiada con frecuencia por la subjetividad y las propias heridas no resueltas de quien observa, genera un clima de permanente escrutinio.

Cuando las familias acuden a las consultas de psicología, traen consigo un arraigado temor al juicio profesional. Se trata de una aprensión comprensible. A menudo, en la decisión de elegir un profesional para su hijo, los padres valoran el hecho de que este «sea padre o madre», privilegiando esta condición como una idea de defensa para evitar el juicio; piensan que un profesional que no lo es pudiera posicionarse más crítico con ellos, mientras que un profesional que es padre o madre va a ser más flexible o comprensivo y estará más próximo a los padres. Sin embargo, el factor que más se pone en juego en mi experiencia clínica es «la historia infantil» del profesional: la posibilidad de que el propio terapeuta haya trabajado, en caso de tenerlas, las heridas en su propio sistema de apego.

La psicoterapia infantil, siendo una especialidad relativamente joven, ha concentrado históricamente su foco de intervención de manera casi exclusiva en el niño, citando a las figuras parentales para reportar información y dar coordenadas de «cómo ser mejores padres y madres». Sin embargo, la experiencia clínica demuestra que sin atesorar, cuidar y sostener a las madres y a los padres, resulta imposible lograr avances duraderos en el tratamiento de la infancia.

Existe un amplio consenso científico acerca de que la infancia constituye el activo más valioso de cualquier comunidad. Durante los primeros años de vida se organizan los sistemas neurobiológicos que sostendrán la regulación emocional, el aprendizaje, la salud mental y la capacidad de establecer relaciones seguras (Schore, 2000). Cuidar de los niños no es únicamente un imperativo ético, sino una inversión social de primer orden: los niños de hoy sostendrán nuestras instituciones y el tejido comunitario del mañana. Sin embargo, esta mirada olvida a menudo a quienes hacen posible dicho desarrollo diario.

Criar implica responder de forma ininterrumpida a las necesidades de otro ser humano mientras se sostienen el trabajo, la economía, la pareja y las propias heridas de apego. La cultura actual ha desarrollado una inmensa sensibilidad hacia la infancia, pero una escasa compasión hacia las dificultades de los cuidadores.

El dilema del «padre/madre peligroso»

Como escribió John Bowlby (1951) hace más de medio siglo: «Si una comunidad valora a sus hijos, debe atesorar a sus padres». Esta premisa no es una invitación a la complacencia, o la justificación de los malos tratos o la negligencia, sino una propuesta de cambio en nuestra mirada cuando trabajamos con la infancia. Los padres no son meros proveedores de cuidados materiales; constituyen las figuras de apego primarias y desempeñan una función biológica y social irreemplazable (Bowlby, 1982). Son los encargados de promover la supervivencia del niño y de prepararlo para convertirse en una figura protectora para la siguiente generación.

Incluso ante sustitutos institucionales o técnicos formalmente cualificados, los padres biológicos o de acogida principal poseen un vínculo cuya ruptura genera un sufrimiento profundo. Apoyarlos tiene un sentido emocional, funcional y económico.

Frecuentemente, la sociedad reacciona con horror y juicio sumario ante los padres que fallan en su misión de proteger. Ante el daño a un menor, la respuesta instintiva es buscar culpables y castigar. Sin embargo, esta visión punitiva ignora que para proteger a la infancia es imprescindible mirar más allá del acto dañino y comprender la historia relacional que lo precede, acompañar y trabajar con los padres y madres. Los terapeutas psicólogos/as, trabajadores/as sociales, educadores/as, maestros/as… no somos jueces.

El organismo organiza sus conductas como estrategias inteligentes para maximizar la supervivencia en entornos donde el peligro ha estado o está presente (Landa & Duschinsky, 2013).

Muchas conductas parentales que desde fuera se perciben como excesivamente controladoras, frías, impredecibles o negligentes no son «malas decisiones» o fallas morales, sino respuestas organizadas que resultaron eficaces en la historia de vida de ese adulto. Las estrategias defensivas estructuradas durante la infancia no desaparecen al convertirse en madre o padre; al contrario, la crianza es la experiencia que más profundamente reactiva el propio sistema de apego (Crittenden, 2008).

Cada llanto, separación o enfermedad infantil actúa como un disparador que moviliza antiguos modelos predictivos somáticos, cognitivos o afectivos acerca de la amenaza y el cuidado. Comprender la función adaptativa de la conducta no equivale a justificar el daño; significa reconocer el mapa de supervivencia del adulto para poder ofrecer alternativas reguladoras y transformar la relación.

Cierto peligro como herramienta pedagógica

Existe en la actualidad una marcada tendencia cultural a erradicar cualquier atisbo de malestar o riesgo en la infancia. Se intenta blindar a los niños de la frustración, el fallo o el conflicto. No obstante, la psicología del desarrollo nos enseña que el crecimiento no se produce en la anestesia, sino en el equilibrio entre seguridad y desafío.

Lev Vygotski (1978) conceptualizó la Zona de Desarrollo Próximo (ZPD) como el espacio donde el aprendizaje ocurre gracias a un nivel de dificultad adecuado, guiado por un adulto significativo. Trasladado al ámbito del apego y la protección, la misión de los padres no consiste en eliminar todos los peligros del mundo, sino en acompañar a sus hijos mientras aprenden a navegar el riesgo de forma productiva.

La biología evolutiva nos recuerda que la especie humana cuenta con una infancia excepcionalmente prolongada —de 15 a 20 años— no solo para aprender a protegerse, sino para realizar una pasantía vital: aprender a ser futuros padres. Si los adultos blindan totalmente el entorno, privan al niño de su entrenamiento para gestionar la seguridad. La exposición guiada al riesgo dentro de la ZPD permite que el niño procese el peligro, experimente el consuelo ante el fallo y adquiera maestría. Evitar de forma sistemática el contacto con la amenaza genera lo que el DMM denomina ingenuidad peligrosa: la falsa creencia de que el mundo es siempre seguro, dejando al niño desprovisto de las señales somáticas necesarias para detectar la amenaza real (Crittenden, 2006).

La Figura de Apego Auxiliar

Las familias no mejoran cuando son humilladas o señaladas. Las personas transforman sus respuestas cuando se sienten suficientemente seguras para reconocer sus limitaciones sin temor a la condena. Este principio fundamenta la «Regla de Oro» de la psicoterapia infantil e intervención social:

«Trata a las madres y padres como te gustaría que ellos trataran a sus hijas e hijos.»

Si esperamos que un progenitor regule su ira o ansiedad antes de reaccionar ante su hijo, los profesionales debemos regular nuestro propio sistema antes de intervenir. Si exigimos que el padre comprenda la conducta del niño, debemos mentalizar y comprender primero la historia del padre.

La regulación emocional no se transmite mediante sermones ni prescripciones técnicas; se comunica en la frontera de contacto de manera relacional (Perls, Hefferline & Goodman, 1951). El profesional de la infancia debe asumir el rol de una figura de apego auxiliar. Su cometido es mentalizar el mundo interno del progenitor —sus miedos, sus vacíos y sus intenciones protectoras deformadas por el trauma— para ofrecer la seguridad que nunca recibió. Si la consulta o el centro asistencial no es un espacio seguro para los adultos, el hogar tampoco podrá serlo para los niños.

Conclusión: Un Llamado a la humildad, la compasión y la profesionalidad. 

El camino para romper el ciclo invisible del trauma intergeneracional no pasa por el endurecimiento de los juicios o de las lógicas punitivas, sino por la actitud de humildad ante la tragedia humana. Una abrumadora mayoría de los padres que hoy muestran dificultades o conductas desajustadas fueron los niños maltratados, asustados o no reconfortados del ayer.

Si como comunidad y como profesionales aceptamos que las respuestas dañinas tienen sus raíces en el dolor no resuelto y en estrategias de supervivencia del pasado, debemos plantearnos una pregunta esencial: ¿estamos dispuestos a ofrecer la compasión y el sostén necesarios para sanar esas raíces? Una sociedad verdaderamente protectora de la infancia no es la que únicamente vigila  a los padres, sino la que es capaz de sostenerlos. Cuidar de la infancia empieza en la forma en que miramos a quienes tienen la inmensa responsabilidad de criarla.

Referencias Bibliográficas (APA 7.ª ed.)

  • Bowlby, J. (1951). Maternal care and mental health. World Health Organization Monograph Series, No. 2. World Health Organization.
  • Bowlby, J. (1982). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment (2nd ed.). Basic Books. (Obra original publicada en 1969).
  • Crittenden, P. M. (2006). A dynamic-maturational model of attachment. Australian and New Zealand Journal of Family Therapy, 27(2), 105–115. https://doi.org/10.1002/j.1467-842X.2006.tb00258.x
  • Crittenden, P. M. (2008). Raising parents: Attachment, parenting and child safety. Willan Publishing.
  • Landa, S., & Duschinsky, R. (2013). Crittenden’s Dynamic-Maturational Model of Attachment and Adaptation. Clinical Child Psychology and Psychiatry, 18(3), 397–412. https://doi.org/10.1177/1359104512458203
  • Perls, F., Hefferline, R., & Goodman, P. (1951). Gestalt therapy: Excitement and growth in the human personality. Julian Press.
  • Schore, A. N. (2000). Attachment and the regulation of the right brain. Attachment & Human Development, 2(1), 23–47. https://doi.org/10.1080/146167300361309
  • Vygotski, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Harvard University Press.

como citar este artículo:

Benítez Méndez, C. (2026). Cuidando a los padres y madres. Si queremos cuidar a la infancia, debemos atesorar a sus padres: una mirada desde el apego y la psicoterapia infantil. El Olivo Psicoterapia Humanista