Carmen Benítez Méndez
Psicóloga General Sanitaria · M-18932
«El trauma se conceptualiza no solo como respuesta a un evento crítico, sino como el resultado de una fragilización sistémica del campo organismo-ambiente.»
Este artículo se inspira en el trabajo de Bucciarelli, F., Morelli, F., & Perrone, M. (2026). Trauma as a Fracture of the Ecological- Relational Field: Gestalt and Ecopsychological Contributions to the Clinical Understanding of Complex Trauma. Phenomena Journal – International Journal of Psychopathology, Neuroscience and Psychotherapy, 8(2), 41–48. https://doi.org/10.32069/PJ.2021.2.290
En memoria de Rocki.
Hay presencias que sostienen la vida sin hacer ruido.
Los animales, los árboles, el mar o la montaña forman parte de ese suelo invisible sobre el que descansamos mucho antes de ser conscientes de ello. No nos exigen nada. No esperan que seamos mejores, más productivos o más fuertes. Simplemente están. Nos ofrecen una forma de presencia que sostiene sin invadir y acompaña sin juzgar.
Quienes trabajamos con niños y niñas tenemos el privilegio de recordarlo constantemente. Un perrito puede convertirse en el mejor compañero de juego. Un palo es una espada, una varita mágica o un caballo. Un cubo y un poco de arena bastan para construir un universo entero. En esos momentos comprendemos que la experiencia de estar vivos necesita mucho menos de lo que la vida adulta suele hacernos creer.
Con el tiempo todo se vuelve más complejo. Aparecen las prisas, las pantallas, el ruido, la productividad y la desconexión progresiva del mundo natural. Sin apenas darnos cuenta dejamos de mirar el cielo, de caminar descalzos o de detenernos a observar cómo cambia la luz entre los árboles. Sin embargo, ese ecosistema continúa modelando silenciosamente nuestra fisiología y nuestra experiencia de seguridad.
Todos hemos sentido alguna vez el efecto regulador de un paseo junto al mar, el alivio de dejar que las lágrimas se mezclen con las olas o la calma que transmite acariciar a un perro que permanece a nuestro lado sin pedir explicaciones.
En la consulta también observamos otro fenómeno. Cada vez atendemos a más niños con perfiles de alta sensibilidad, trastornos del neurodesarrollo, TDAH o autismo. Muchos parecen vivir permanentemente intentando protegerse de un mundo excesivamente intenso. En ciudades hiperestimuladas, donde el sistema nervioso apenas encuentra descanso, la naturaleza deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad reguladora. Volver a ella supone regresar a una forma de organización más primaria, más corporal y más segura.
En la última década, el incremento de la ansiedad crónica y el sufrimiento psicológico ha alcanzado niveles sin precedentes. A menudo, el paciente de hoy llega a consulta con un sentimiento de pérdida profunda que apenas logra nombrar: un desarraigo que la ecopsicología identifica como solastalgia o duelo ecológico. El trauma, desde esta mirada, no ocurre en un vacío interno; es una fractura en nuestra relación con el mundo vivo, una desconexión de lo que denominamos el Campo Ecológico-Relacional.
Bajo esta premisa, el entorno natural y los animales dejan de ser un simple «escenario» para revelarse como un regulador biológico y fenomenológico esencial. Nuestra salud mental no reside solo en procesar el pasado, sino en restaurar los apoyos que el mundo no humano nos ofrece de forma constante.
1. El trauma no es solo un recuerdo, es una pérdida de «suelo»
En la Terapia Gestalt tradicional, trabajamos con el «campo organismo-entorno». Sin embargo, la innovación clínica actual nos obliga a hablar de un Campo Ecológico-Relacional: una red de soportes humanos y no humanos que co-constituyen nuestra seguridad. El trauma fractura la confianza en este campo, reduciendo nuestra capacidad de ajuste creativo.
Cuando el campo se empobrece, el organismo pierde su capacidad de orientación y apoyo, lo que en Gestalt llamamos el now-for-next (el ahora-para-el-después). El trauma no es solo el impacto de un evento, sino la pérdida de las condiciones ambientales que permitirían una experiencia reparadora.
2. El «cuerpo des-ambientalizado» y la vulnerabilidad urbana
El cuerpo traumatizado es, frecuentemente, un cuerpo privado de sus apoyos ecológicos ancestrales. Los entornos urbanos operan bajo un monocultivo sensorial: espacios de hiperestimulación tecnológica, ruidos mecánicos y luz artificial que exigen una atención fragmentada. Esta carencia de estímulos orgánicos vuelve al sistema nervioso inflexible, limitando su plasticidad para responder al estrés.
Frente a la rigidez de la ciudad, el entorno natural actúa como un «andamio sensorial» que devuelve al cuerpo su capacidad de autorregulación:
- Ritmos naturales y sincronización: El movimiento del viento o el ciclo solar ayudan a armonizar los ritmos internos y la atención sostenida.
- El contacto con ciertos animales: los perros, gatos, caballos, pájaros, algunos roedores, peces, …su presencia silenciosa, incondicional y amorosa, son fuertes reguladores emocionales e inspiradores activando las memorias afectivas mas cálidas y coloreadas
- Sonidos no artificiales y estabilización: Los sonidos de la naturaleza poseen una variabilidad que apoya la estabilización fisiológica y facilita la orientación espacial.
- Variabilidad sensorial y movimiento: Caminar por terrenos irregulares exige micro-ajustes posturales que fomentan una conexión profunda con el presente y la realidad física.
3. La naturaleza como co-reguladora invisible (Teoría Polivagal)
Desde la neuropsicología, la Teoría Polivagal explica que la seguridad depende de la activación del sistema vagal ventral. Los entornos naturales, ricos en señales de vida y libres de amenazas depredadoras, son percibidos biológicamente como «espacios seguros».
Esta conexión evolutiva o biofilia facilita la calma sin esfuerzo. Se ha observado que la exposición a la naturaleza mejora la variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV), un indicador clave de la salud del sistema nervioso y de su capacidad para salir de estados de hiperalerta o colapso. La naturaleza no es solo un lugar; es un co-regulador silencioso que estabiliza nuestra fisiología.
4. Un testigo que no juzga: La libertad de la conciencia no forzada
Una dificultad central en el trauma complejo es la presión relacional y el miedo al juicio. La naturaleza ofrece la figura de un «testigo no juicioso». En ella, el organismo puede «estar» sin la necesidad de «hacer» o de organizar inmediatamente su experiencia en una figura clara y coherente.
Esta conciencia no forzada (awareness) permite que emerja la experiencia estética. Cuando el paciente recupera la capacidad de percibir la belleza y la «vistosidad sensorial» de un paisaje, estamos ante una señal inequívoca de reorganización e integración del campo. La ausencia de demandas de rendimiento permite que el sistema defensivo se relaje.
«La ausencia de peticiones, desempeño o adecuación reduce la presión relacional y permite al organismo experimentar estados de presencia menos defensivos.»
5. Expandir la terapia más allá del sofá: La tríada terapéutica
La propuesta clínica actual busca superar la relación puramente diádica (terapeuta-cliente) para incluir al mundo no humano como un tercer regulador. Esta tríada terapéutica permite que el entorno medie la intensidad del contacto interpersonal, haciéndolo menos amenazante para quienes han sufrido traumas relacionales.
En este marco, proponemos experimentos de contacto para restaurar la continuidad de la experiencia:
- Sincronizar la respiración con el vaivén de las olas o el movimiento de las ramas.
- Sentir la textura de la corteza de un árbol o la arena para recuperar el enraizamiento corporal (grounding).
- Observar la luz entre las hojas como un ejercicio de reintegración perceptual.
Conclusión: Hacia una ecología del mundo vivo
Sanar el trauma es, en última instancia, restaurar el sentido de pertenencia al mundo vivo. La salud mental no puede ser un proceso aislado; es una función de nuestra interdependencia con el ecosistema. Reconocer que nuestro equilibrio emocional depende de la vitalidad de nuestro entorno es el primer paso hacia una recuperación sistémica.
Te invito a reflexionar: ¿En qué medida tu entorno físico actual sostiene tu capacidad de sentir seguridad, y qué pequeño experimento de contacto con lo vivo podría realizar hoy para recordar que también eres parte de este campo? ¿cuando te has sentido mal por algún acontecimiento duro o devastador, donde has querido estar?